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Descifrar lo invisible

Hoy, cuando escribo esta breve nota preliminar a Descifrar lo invisible, primera antología personal de mi obra publicada en Europa, es verdad que jamás he visitado España y que, sin embargo, tengo la certeza de que cuando vaya, volveré. El viaje que hizo Darío fue al mismo tiempo de ida y de regreso. La misma pluma de indio con la que escribió su libertad y su búsqueda no ha dejado de multiplicarse. Yo, que soy un poeta que cree en el ascenso, pienso que esa pluma es la de una serpiente emplumada anterior, en mi tierra, al idioma en que escribo.

Pero tengo la fortuna de haber estado en Cracovia y de conocer la poesía de Marta Eloy Cichocka, admirada amiga a quien agradezco ser la traductora de mis poemas al polaco. Su trabajo y el de Iván Vergara, editor de la Editorial Ultramarina, han hecho este libro posible.

La presente selección muestra los dos extremos tonales y temáticos en los que, hasta ahora, se ha desarrollado mi trabajo. No son escrituras opuestas: en ambos momentos (no hay otra opción) parto de los sentidos, y en cada texto busco entrever lo que hay más allá de la carne y las palabras mismas. Indago, desde aquí, por lo que hay antes y después de la existencia, y por el modo en que esa trascendencia intenta —y tal vez consigue— comu- nicarse con nosotros.

Descifrar lo invisible toma poemas de cuatro libros anteriores:  Lo que se irá, Cincinnati: historia personal, Devocionario, y Los disfraces del fuego.


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Amar es traducir

Marta Eloy Cichocka

Si tenía razón el poeta argentino Roberto Juarroz cuando consideraba que lo mejor que dice un poeta está en su poesía, y que cualquier comentario sobre la poesía es superfluo y debería reducirse al mínimo, entonces la traducción de poesía debería ser esencialmente sin palabras. Sin embargo, cuando el poeta mexicano Manuel Iris construye intrincadamente una antología personal de sus poemas, con vistas a una edición bilingüe español-polaco, y luego pide a la traductora de esta antología, que yo tengo el placer de ser, unas palabras del postfacio, es inoportuno negarse a tal petición por varias razones. En primer lugar, porque compartimos una amistad poética, y a los amigos no se les niega nada. Por otra parte, como señaló Susan Sontag, en el ámbito literario, los traductores como individuos son eficaces mediadores culturales, al mismo nivel que varias instituciones como las editoriales literarias o las instituciones culturales.


La literatura son los seres humanos y la cultura es la comunicación entre ellos: las amistades literarias y las fascinaciones artísticas han construido durante siglos este palimpsesto polifacético que es la literatura.


Al mismo tiempo, una obra tan prestigiosa y tan nicho al mismo tiempo como la poesía, sujeta a las leyes del irónico número fijo de Hans Magnus Enzensberger (1354 lectores de poesía en cada país), requiere no obstante una cierta introducción, una presentación al lector contemporáneo, sobre todo cuando se trata de la obra de un poeta de lengua extranjera y hasta ahora desconocido.

Cabe destacar, por tanto, que Manuel Iris, como poeta mexicano contemporáneo, nacido en 1983 en Campeche y residente desde hace años en la ciudad norteamericana de Cincinnati, donde obtuvo el prestigioso título de Poeta Laureado, escribe sistemáticamente en español y es desde hace años una de las voces reconocidas de la joven y ya mediana generación de poetas iberoamericanos. El hecho de escribir en español le permite inscribirse en una larga y desbordante tradición literaria que va desde lo contemporáneo, pasando por los titanes mexicanos de la pluma como Octavio Paz y Sor Juana Inés de la Cruz, hasta el alquimista latinoamericano de la palabra, Rubén Darío, cuya brillante pluma abrió nuevos rumbos a la poesía del Nuevo y del Viejo Continente, marcando a poetas iberoamericanos y españoles por igual, hasta el Siglo de Oro, donde vivieron y obraron en España algunos de los más grandes humanistas de la época, como el traductor del Cantar de los Cantares, Fray Luis de León, o San Juan de la Cruz, discípulo de Santa Teresa e insuperable poeta místico.


Manuel Iris, escribiendo en español, llega a todos ellos con igual facilidad y a veces se refiere a ellos directamente, como lo demuestran los epígrafes de cada uno de los poemarios en los que se inspira de ellos. Entre los autores citados figuran también nombres como Jorge Luis Borges, Thomas Merton, George Steiner y nuestra compatriota Wisława Szymborska.


Al mismo tiempo, Manuel Iris es tanto un poeta erudito como un poeta melómano: algunos ciclos van acompañados de sugerencias autorales, por no decir instrucciones: “Léase escuchando Since I’ve Been Loving You, de Led Zeppelin”, “debe ser leído mientras se escucha el Stabat Mater, de Arvo Pärt” o “debe debe leerse escuchando Für Alina, de Arvo Pärt”. El primer y principal reto para la traductora de esta poesía es, paradójicamente, musical: reproducir el ritmo y la respiración del poema español, mantener el equilibrio entre las palabras y las no palabras. Así es como nuestro poeta percibe y define su trabajo: es “descifrar lo invisible”, construir versos entre “el poema de silencio” y “el poema de palabras”. Al mismo tiempo, cuando Manuel Iris escribe en español: “la poesía es una traducción del silencio”, en la traducción al polaco siempre tenemos al menos dos direcciones de interpretación de la palabra “silencio”: como ausencia de todo sonido (es decir, cisza) o como ausencia de toda palabra (o sea, milczenie). Este postfacio ofrece la oportunidad de compartir este dilema con el lector, que debería hacer su propia elección: ¿es la poesía una interpretación del silencio como ausencia de todo sonido o una interpretación del silencio como ausencia de toda palabra? La misma duda acompaña a cada “silencio” que aparece en las páginas de este libro, tanto más cuanto que la palabra española “silencio” es masculina, la polaca cisza es femenina y milczenie es neutra, lo que tiene sus consecuencias.

Sin embargo, el principal reto al traducir a Manuel Iris es confiar en ese concepto de poesía que toca asuntos esenciales, a veces las verdades últimas, sin dudar en utilizar palabras sencillas y grandilocuentes al mismo tiempo, algo que ocurre infinitamente menos en la poesía polaca del siglo XXI que en la latinoamericana.


Un lugar aparte en la obra de Manuel Iris lo ocupan los poemas de tema o inspiración religiosa, que aluden en su estructura a oraciones o letanías conocidas: al menos aquí se facilita en cierta medida la tarea de la traductora polaca.


Sin embargo, aparte de los sensuales poemas eróticos, la impresión más poderosa la causan los poemas más sencillos, especialmente aquellos escritos desde la perspectiva de un expatriado, un hijo que dialoga con su padre fallecido, un nieto que habla con su abuela afectada de demencia, o un marido y padre que observa el vientre de su mujer embarazada y luego se vuelve hacia su hijita pequeña: en este sentido, la poesía de Manuel Iris es un vaso de agua clara, transparente, cotidiana y atemporal al mismo tiempo.

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